Empoderamiento: un proceso
complejo
Comprender el proceso de
empoderamiento de las tejedoras indígenas de la Sierra de Zongolica requiere de
una adecuada articulación teórica que nos permita aprehender las conquistas,
transformaciones, conflictos y reveses que ellas han experimentado en el marco
de su organización. Es por ello que consideramos importante traer a la
discusión tres conceptos clave: individuación, empoderamiento y etnia. Éstos
han sido utilizados en investigaciones sobre el medio rural y sectores
populares para estudiar a fondo los casos de mujeres que han formado parte de
movimientos ciudadanos, sociales o que han integrado organizaciones de mujeres
desarrollando proyectos productivos, capacitándose a partir de contenidos
diversos o que han atravesado por experiencias en las que han padecido
discriminación por su género, así como por su extracción étnica.
Empoderamiento alude a un proceso
de larga duración que permite transitar de una situación de opresión,
desigualdad, discriminación, explotación o exclusión a un estado de conciencia,
autodeterminación y autonomía, el cual se manifiesta en el ejercicio del poder
democrático, que emana del goce pleno de sus libertades y derechos (Martínez,
2000; Zapata-Martelo et al., 2002; Lagarde, 1996). Es decir, la posibilidad de
la transición depende de una serie de factores tanto internos como externos al
sujeto.
Tal como lo señala Janet Gabriel
Towsend (2002), el empoderamiento es un proceso que se desarrolla a lo largo
del tiempo y el espacio, mas no es el resultado de una acción:
El empoderamiento tampoco es una
solución [...], no ofrece resultados predecibles ni fácilmente mensurables, porque
es imposible predecir qué consecuencias tendrá. Al cobrar conciencia de la gama
de posibilidades a su alcance y tomar sus propias decisiones, las personas
también adquieren la libertad de hacer lo que les plazca [...], lo que se ha
hecho realidad para millones de mujeres en todo el mundo ha sido el énfasis que
se ha dado en el ámbito mundial hacia los grupos de mujeres [... lo que] ha
permitido que se den algunos cambios extraordinarios gracias a dos procesos muy
importantes: juntar a las mujeres excluyendo a los hombres y crear un espacio
en el que éstas pudieran fijar sus propias prioridades (Towsend, 2002: 43-44).
Es un elemento que incide en la
vida de los sujetos, pues permite un ejercicio de reflexión crítica sobre su
situación -ya sea por su origen étnico, de clase o de género- gracias a que han
tenido acceso a una serie de conocimientos e información que les ha permitido
evaluar críticamente sus condiciones de vida, pero que también les ha impulsado
a actuar sobre ella y transformarla.
Recordemos que, a través de la
Pedagogía del oprimido Paulo Freire (1970) expuso ideas que fueron la semilla
de lo que en América Latina se conocería como empoderamiento: la necesidad de
que la persona objeto trascienda a una persona sujeto y con ello modifique su
entorno socioeconómico y político a través de una conciencia crítica que
permita la transformación cualitativa de sus condiciones de vida.
Las acciones, las estrategias, la
conciencia crítica se tejen a largo plazo; aunque también es en esa periodicidad
donde se presentan los retrocesos, replanteamientos, divisiones, rompimientos y
reagrupamientos.
Cuando se analiza bajo este
enfoque el caso de organizaciones de mujeres y, en específico, de sus
dirigentas, se alude a un proceso en construcción permanente; es decir, quienes
se encuentran en él introducen gradualmente a su vida cotidiana diversos
elementos que les permiten pasar de un estado de opresión a otro donde acceden
a situaciones de vida en las cuales hay más respeto para ellas. Ello les
posibilita trabajar de manera consciente por una mayor equidad en las
relaciones que sostienen en los ámbitos próximo y lejano.
En dicho tránsito, el elemento
poder juega un papel decisivo. La información, capacitación, negociación, los
avances y retrocesos, la experiencia grupal, la participación política y los
aprendizajes tienden a tornarse un capital valioso para las agrupaciones y, en
especial, para quienes se encuentran al frente de las mismas. Sobre todo, les
da la oportunidad de posicionarse de manera distinta en la escena pública,
ubicarse en un sitio de menor vulnerabilidad en la red de relaciones de poder.
El empoderamiento, como proceso,
no se desarrolla de una manera plana y sin reveses. La vulnerabilidad que
padecen las mujeres del medio rural e indígena lo hace mucho más complejo, pues
al situarse en distintos escenarios -la familia, la organización, los espacios
de poder- sus experiencias y las respuestas que dan a los hechos que se les
presentan tienen repercusiones distintas.
Autoras tales como Jo Rowlands
(1997) señalan que una mujer o una organización de mujeres pueden experimentar
el proceso de empoderamiento en tres dimensiones:
1) la personal, que implica
desarrollar cambios en la autopercepción, confianza individual y capacidad, lo
que posibilita liberarse de la opresión internalizada;
2) la de las relaciones cercanas,
en donde se desarrollan habilidades para negociar e influenciar la naturaleza
de las relaciones y la toma de decisiones al interior de éstas;
3) la colectiva, en la cual
quienes se empoderan trabajan de manera coordinada con la finalidad de lograr
un impacto amplio. Lo interesante de este nivel es que trasciende el poder que
cada individuo puede desarrollar (Rowlands, 1997: 162).
Con frecuencia estas tres
dimensiones no confluyen, pues plantean escenarios, personajes e interacciones
distintas, por lo que se tejen relaciones que difieren de un espacio a otro. El
empoderamiento que logre desarrollarse en el plano personal, en el de las
relaciones cercanas y en el nivel colectivo, así como los avances y retrocesos
que tengan lugar en cada uno de estos ámbitos, diferirán también.
Desde el enfoque del
empoderamiento existen diversos tipos de poder,1 cuyos efectos en la sociedad
son distintos:
a) El poder sobre, que se refiere
al que una persona o grupo ejerce para lograr que otra persona o grupo haga
algo en contra de su voluntad, ejecutando coerción física, económica o social.
Autoras como Towsend (2002) señalan que este tipo de poder es llevado a cabo
particularmente por hombres y grupos de hombres, aunque no de manera exclusiva.
b) El poder interior o poder
desde dentro, que se basa en la aceptación y respeto a sí mismo, lo que
facilita potenciar un amplio rango de habilidades humanas. En él se supone el
desarrollo de capacidades para la reflexión, liberarse de las construcciones
sociales que oprimen, generando así la capacidad de cambiar actuando y
transformando. Es aquí en donde entran en juego las capacidades para aceptar y
respetar a los demás como nuestros iguales (Martínez, 2000; Towsend, 2002).
d) El poder para, que es la
capacidad de individuos y colectivos de dirigir una nueva conciencia y
capacidades desarrolladas hacia objetivos comunes a través de "la
movilización para el cambio".
Con ello se infiere la necesidad de lograr
acceso en todos los niveles de la política al trabajo, a los recursos, a las
decisiones, a los conocimientos y a ocupar posiciones de poder (Martínez,
2000).
Tanto en la dimensión personal
como en la de las relaciones cercanas el empoderamiento posibilita
transformaciones cualitativas en el sujeto y en su habilidad para negociar por
relaciones más equitativas en su ámbito cercano; en buena medida ello es viable
gracias al poder interior o poder desde dentro, pues fortalece la autoestima
del sujeto y posibilita habilidades y capacidades fundamentales.
La racionalización y el uso del
poder dependen de una estrategia de capacitación, concienciación e información
externa al sujeto, pero que le impacta de manera importante, desencadenando
tales aspectos. Sin embargo, dicha estrategia no garantiza el empoderamiento,
ni necesariamente desencadena un proceso de reflexión autocrítica o la
determinación de impulsar cambios en la situación vivida ni en el ámbito de las
relaciones cercanas. En ambas dimensiones, uno de los resultados esperados es
que el sujeto se libere de la opresión internalizada. ¿Cuál es el detonador de
esta transformación cualitativa?
Por otra parte, el empoderamiento
colectivo propicia un impacto amplio en el entorno sociopolítico y económico de
los sujetos, ya que permite transformar cualitativamente y resolver
problemáticas a partir de la construcción de objetivos comunes. En esta
dimensión son importantes el poder con y el poder para, pues ambos conjugan la
identificación de los individuos con problemas y habilidades transformadoras
similares, a la vez que fortalecen la capacidad para alcanzar metas
compartidas. El propósito o finalidad última de esta dimensión es trascender el
poder que cada individuo puede desarrollar por separado y transformar el
entorno social a partir de estrategias conjuntas, diseñadas a partir de la
percepción del empoderamiento.
Conviene resaltar que liberarse
de la opresión internalizada es un factor que abre las puertas al
empoderamiento real de las mujeres y que, de no realizarse, lo imposibilita. Al
parecer, los mecanismos a partir de los cuales ellas se relacionan con su
entorno cercano tienden a frenar los cambios que ellas experimentan, ya que se
subestiman y/o cuestionan las capacidades adquiridas, mermando con ello su
autoestima y la percepción de sí mismas.
Por ello, entendemos que aunque
los colectivos de mujeres organizadas pueden estar seriamente involucrados en
un proceso de empoderamiento, en lo individual sus miembros pueden mostrar un
rezago importante, ya que las transformaciones en este plano no son lo
suficientemente profundas o contundentes para imponerse al retroceso marcado
por las relaciones con el entorno próximo.
En la experiencia de trabajo con
campesinas, algunas promotoras y promotores hemos visto las posibilidades
transformadoras que las mujeres tienen en lo colectivo, así como las
transformaciones graduales que ellas han generado en sus localidades y por las
cuales han trabajado a través de los años. Simultáneamente, observamos que en
el espacio doméstico -con sus familias nuclear y extensa, así como en la
relación de pareja- los cambios cualitativos que permitan mejores condiciones
de vida y relaciones más equitativas son escasos o nulos. ¿Qué es lo que falta
en la dimensión del empoderamiento personal?; ¿afecta esa carencia al plano
colectivo?; ¿coexisten el empoderamiento colectivo y la falta de empoderamiento
personal?; ¿cuál es el efecto de esta coexistencia?
Algo está faltando en la
dimensión individual que frena e inhibe al empoderamiento personal. Un elemento
que puede ayudarnos a formular posibles respuestas es el concepto de
individuación. Rosa Elena Bernal Díaz (2000: 100) lo define como un proceso de
conformación de identidad personal, producto de la reflexión a nivel
individual, donde el sujeto debe desarrollar y enriquecer tres aspectos
fundamentales:
a) ser responsable de sí mismo;
b) tener un proyecto de vida
propio; y
c) actuar reflexivamente frente a
la realidad u orden social.
¿Cuál es el impacto de la
individuación en la identidad de género tradicional? En principio, podemos
señalar que redefine los ejes más importantes que determinan la identidad de
género al impulsar al sujeto -en este caso, las mujeres de clases populares y/o
del medio rural e indígena- a asumir el control de sus vidas y a trabajar para
conseguir un beneficio propio (el proyecto personal).
Es innegable la dificultad que la
individuación encierra en sí misma, ya que estamos hablando de una
transformación y maduración personales que a todas luces van a contracorriente,
pues por lo regular las necesidades de las mujeres quedan relegadas, ya que uno
de los elementos fundamentales de la socialización de género consiste en que son
construidas como un ser para otros y no para sí. Es decir, se le da prioridad a
los requerimientos de los demás y no a los propios. Avanzar en sentido opuesto
a este principio fundamental implica un ejercicio de deconstrucción que puede
llevar años, debido a que cuando el proceso comienza a incidir en su concepción
de sí mismas para replantear el rumbo de sus vidas, también genera
transformaciones importantes y rupturas con la identidad de género tradicional,
las cuales son resultado de la acumulación de experiencias que gradualmente
modifican una forma de ser y estar en el mundo (Bernal, 2000: 106). De lo
anterior inferimos que la individuación es también un proceso de larga duración
que se encuentra en revisión continua por parte de la persona que la experimenta.
Entenderse sujeto y mujer desde
otro punto de vista, así como romper con la identidad de género tradicional,
lleva hacia prácticas re-socializadoras en el quehacer cotidiano. Es decir, a
redistribuir las tareas domésticas, negociar desde una perspectiva distinta con
la pareja y la familia, posicionarse en el ámbito público con la finalidad de
alcanzar los proyectos de vida propuestos.
Ahora bien, ¿cuál es el vínculo
entre empoderamiento e individuación?; ¿cómo se relacionan ambos conceptos? El
empoderamiento personal es posible cuando el sujeto se percibe a sí mismo con
la responsabilidad y el derecho de decidir sobre sí mismo, así como con la
libertad de elegir y seguir sus propios proyectos. Es decir, si no hay un
cambio de fondo en la autopercepción del sujeto, difícilmente estará despejado
el camino hacia el empoderamiento personal.
Asimismo, el que corresponde a
las relaciones cercanas se fortalece cuando el sujeto desarrolla la capacidad y
libertad de decisión sobre el conjunto de hechos que harán realidad su proyecto
de vida. El sitio que ocupe al interior de las relaciones de poder en el
proceso de negociación dentro del ámbito de las relaciones cercanas permitirá
fortalecer la nueva percepción que la persona tiene de sí misma. El proceso de
individuación influye en la deconstrucción y transformación de la identidad de
género, lo cual favorece la resocialización y refuerza el empoderamiento en lo
colectivo.
En la dimensión personal no es
posible el empoderamiento sin un proceso de individuación en donde el sujeto
haya integrado a su identidad de género aquellos contenidos externos que le
permitan lograr cambios cualitativos importantes y fortalecer sus habilidades
de negociación, influencia y toma de decisiones, transformando con ello sus
relaciones cercanas.
El vínculo entre empoderamiento e
individuación nos brinda la posibilidad de explicarnos por qué algunas mujeres
vinculadas a procesos organizativos y a la vida política de sus localidades
parecen estar empoderadas parcialmente. Es compleja la apropiación de nuevos
elementos para incluirlos en la vida propia, pero es más complejo aún
comprometerse con ellos y luchar por sus proyectos individuales. Este es un
proceso que lleva años y que no siempre culmina de manera exitosa.
Etnia y empoderamiento en la
Sierra de Zongolica, Veracruz
La Sierra de Zongolica es un área
sociocultural y geográfica ubicada en la zona centro suroeste del estado de
Veracruz, en la región conocida como las Altas Montañas. Es uno de los
principales núcleos de la cultura náhua en el oriente de México y comprende una
porción de la Sierra Madre Oriental; está conformada por trece municipios de
reducida superficie, habitados en su gran mayoría por población indígena de
origen náhua. Sus paisajes naturales son diversos y variadas especies de
vegetación florecen en un declive escabroso que va de los tres mil a los
doscientos metros sobre el nivel del mar.
En la parte norte de la serranía,
en la zona fría, se localiza la masa forestal más importante de la región, que
cubre los municipios de Soledad Atzompa, Tlaquilpa y Atlahuilco. Aquí el uso
del suelo se inclina hacia la explotación forestal y al cultivo en pequeña
escala. Se siembra maíz combinado con cultivos de invierno (haba, chícharo y
lenteja) y algunos frutales para consumo local, principalmente: ciruela, durazno
y manzana. Los rendimientos en los cultivos son en general pobres; de allí que
entre las estrategias de subsistencia adoptadas por los habitantes destaque la
explotación del bosque para "la producción de carbón, tablones y muebles
rústicos; el trabajo a jornal en los cañaverales y cafetales de la franja
central veracruzana, [y] la ocupación en la industria de la construcción en el
sector informal de las ciudades medias de la entidad" (Rodríguez, 2003:
26), así como la migración de hombres y mujeres hacia la ciudad de México y los
Estados Unidos.
Desde la década de 1990, el
trabajo artesanal ha cobrado relevancia gracias a la instrumentación de
diversos proyectos productivos y culturales cuyo objetivo ha sido contribuir al
ingreso de las familias indígenas a través del autoempleo de las mujeres,
permitiéndoles obtener una entrada que complementa las labores anteriormente
descritas y que favorece la continuidad y resignificación de las tareas
textiles y alfareras.
ONG´s Cafetaleras
Organizaciones de la sociedad
civil trabajan con 24 localidades Nahuas de la Sierra Zongolica, dentro de
estas localidades 8 han estado participando desde 2014 con el proyecto de café,
logrando posicionar su café en el mercado nacional e internacional como
pergamino de especialidad. Para 2017 se integran 10 nuevas localidades en el
proyecto de café e inician su proceso de desarrollo y fortalecimiento de
capacidades relacionados con la producción de café.
Las 8 localidades que inician con
café son: Ahuatepec, Atempa, Atlajco, Coxititla, Mitepec, Popocatepec,
Poxcautla y Oxtotitla, del municipio de Tequila, Veracruz.
Con estas localidades se ha
trabajado en proyectos diferentes derivados de las planeaciones participativas,
enfocados en procesos de organización comunitaria, reconocimiento de su
territorio por medio de diferentes herramientas, identificación de
problemáticas y árbol de problemas. Los proyectos derivados en estas
localidades se han enfocado en parte al bienestar e infraestructura en
vivienda: cisternas de captación y almacenamiento de agua de lluvia, estufas
ecológicas ahorradoras de leña y sanitarios secos. Se han realizado proyectos
donde se entregaron insumos para construcción de granjas de aves, borregos,
cabras, y huertos familiares, todo con la finalidad de incrementar la calidad
de la alimentación.
En varias localidades se han
hecho obras de infraestructura escolar con construcción o rehabilitación de
aulas de preescolar, primaria y secundaria. Y se ha seguido un proceso de
acompañamiento durante varios años para lograr alcanzar las metas que se
proponen.
Cada localidad tiene una red de
promotoras comunitarias que son las responsables de dar a conocer los alcances
del proyecto. Las promotoras comunitarias conforman el grupo de trabajo con
Técnicos comunitarios para identificar los puntos de trabajo y realizar las
herramientas necesarias para definir las metas y los alcances; estas promotoras
trabajan con 4 a 10 familias a las que les presenta los avances y con quienes
trabajan para llevar sus puntos de vista ante las sesiones.
Las comunidades tienen un enfoque
participativo y de cooperación para lograr metas y objetivos. Las promotoras
comunitarias actúan como líderes en su comunidad, y son quienes seleccionan a
las familias que estarán participando en los diferentes proyectos en conjunto
con los técnicos comunitarios, y esta selección se basa en la participación que
tienen dentro de su comunidad en general.
Cuando se identifica un proyecto
particular, se identifican a los líderes para el mismo y trabajamos con ellos
de forma tal que sean integrantes de esta red y puedan extender lo que se ve a
más participantes.
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